| Creo que desde mi concepción, ya
bullían en mí las miles dimensiones del ser, y por eso quizá, ya en el seno materno me
inquietaba por decir: aquí estoy. Y así irrumpí en la vida del mundo.
La primera dimensión que se manifiesta, es
la de la trascendencia, aunque quizá, es la última que se descubre, y que también,
viene oculta por los impulsos vitales de sobrevivir, y más tarde, por aquéllos del ego.
Pero, tal vez sólo son manifestaciones, disfraces que ocultan el más profundo deseo de
ser felices, y de VIVIR.
Al mismo tiempo, surge la dimensión social.
Relacionarse con el otro, con los otros.
Y así, empecé a caminar por la vida,
recreando el mundo con mis aportes, y a veces, destruyendo, cuando mi ego, no asume su rol
de ser parte y no todo.
Paralela a ésta, va creciendo otra
dimensión, muy peculiar y muy propia del ser humano: la comunitaria. Esta, es muy
íntima, sin embargo, para expresarse necesita todo un entorno familiar. Diría que es
casi tímida, porque en ese ofrecerse tiene miedo de herir a aquel que aún no la
descubrió en su ser.
Esta dimensión comunitaria, tiene su raíz
más profunda en el Evangelio. En la Palabra que se hace carne en el que sufre, y llora;
en el que tiene hambre, y frío; en el que está en la soledad, y en el abandono del amor;
en el que está preso y sin libertad para vivir la plenitud de la creación.
Creía, además, que vivir el Evangelio era
sólo no pecar, no mancharme con las miserias ajenas y callar las mías. Era rezar en el
templo y cumplir fielmente las consignas de la iglesia. (Ésta, era una dimensión
atrofiada.)
La Gracia, puso en mi camino, salvo algunas
excepciones, sacerdotes que caminaban al lado de Jesús, consintiendo con él. Y así, fui
vivenciando esta dimensión comunitaria que me salva con mis hermanos. De este modo, se va
develando aquélla primera, la de trascender, que en esencia, es la envoltura vivificadora
de todas las otras.
Éstas tantas y variadas dimensiones del
ser, son otro de mis grandes misterios.
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